Los olvidados de la migración venezolana: el costo humano para quienes se quedaron
Por Rosa Virginia Cabrera Carpio.
Durante la última década, la migración venezolana ha sido analizada principalmente desde la perspectiva de quienes abandonaron el país y de los desafíos que enfrentan en las naciones de acogida. Sin embargo, existe otra realidad mucho menos visible: la de millones de venezolanos que permanecieron en el país y que han debido asumir las consecuencias emocionales, sociales y económicas de la separación familiar.
Las organizaciones internacionales han documentado ampliamente los riesgos que enfrentan las mujeres, niñas y familias migrantes. No obstante, esos mismos informes permiten comprender que la migración también genera efectos profundos sobre quienes permanecen en el lugar de origen. La familia transnacional puede aliviar la pobreza mediante las remesas, pero difícilmente sustituye la presencia física, el acompañamiento afectivo y el cuidado cotidiano.
Uno de los impactos más graves es la fragmentación familiar. Miles de niños han crecido separados de uno o ambos padres, mientras muchos adultos mayores dependen únicamente de llamadas telefónicas y transferencias de dinero. La ausencia prolongada modifica la dinámica familiar, incrementa la carga de cuidado sobre las mujeres que permanecen en Venezuela y produce sentimientos de abandono, ansiedad y duelo prolongado.
Los informes de UNICEF destacan que los procesos migratorios pueden exponer a niñas, adolescentes y mujeres a múltiples formas de violencia y que la separación familiar constituye un factor de vulnerabilidad que requiere respuestas integrales. Asimismo, enfatizan la necesidad de fortalecer mecanismos que protejan el bienestar emocional de los menores y mantengan los vínculos familiares cuando la migración resulta inevitable.
Las mujeres que permanecen en Venezuela suelen asumir simultáneamente el papel de madres, cuidadoras de personas mayores y administradoras del hogar. Esta sobrecarga incrementa el estrés, limita sus oportunidades laborales y profundiza las desigualdades de género. Paralelamente, muchas mujeres migrantes enfrentan discriminación, informalidad laboral y mayores riesgos de explotación, lo que repercute directamente en la estabilidad de las familias que dependen de ellas. La Organización Internacional del Trabajo ha documentado estas barreras para la integración socioeconómica de las mujeres venezolanas migrantes.
Los adultos mayores representan otro grupo frecuentemente olvidado. Muchos viven solos tras la salida de sus hijos y nietos, con redes de apoyo cada vez más reducidas. Aunque las remesas permiten cubrir necesidades básicas, no reemplazan el cuidado diario ni el acompañamiento emocional que requiere una población envejecida.
Desde una perspectiva económica, las remesas han permitido la supervivencia de innumerables hogares venezolanos. Sin embargo, depender de ingresos enviados desde el exterior también genera nuevas vulnerabilidades: las familias quedan expuestas a las fluctuaciones económicas del país receptor, a cambios en las políticas migratorias o a la pérdida del empleo del familiar migrante. Además, las remesas no compensan la pérdida de capital humano derivada de la salida masiva de profesionales, técnicos y trabajadores calificados.
Al mismo tiempo, es importante reconocer una realidad respaldada por la evidencia: la migración venezolana también ha generado importantes contribuciones económicas y sociales en los países de acogida. Estudios de la Organización Internacional para las Migraciones muestran que los migrantes venezolanos aportan miles de millones de dólares anuales a las economías de América Latina mediante consumo, empleo, emprendimiento y pago de impuestos.
Precisamente por ello, el debate no debe reducirse a considerar la migración como un fenómeno exclusivamente positivo o negativo. La migración ha representado una oportunidad para millones de venezolanos que buscaban seguridad y mejores condiciones de vida, pero también ha implicado enormes costos afectivos para las familias que permanecieron en Venezuela. Ambos aspectos pueden coexistir y deben ser reconocidos.
El verdadero desafío consiste en diseñar políticas públicas que fortalezcan la reunificación familiar, el apoyo psicosocial, la protección de las mujeres cuidadoras, la atención a los adultos mayores y el desarrollo de oportunidades dentro de Venezuela que permitan que emigrar vuelva a ser una opción y no una necesidad.
Los grandes titulares suelen concentrarse en quienes cruzan fronteras. Sin embargo, la historia de la migración venezolana también pertenece a quienes esperan una llamada, celebran cumpleaños a través de una pantalla o envejecen sin la compañía de sus hijos. Ellos son, probablemente, los rostros menos visibles de la mayor crisis migratoria de la historia reciente de América Latina.